Del libro: Los muchos en uno
“Los Muchos en Uno” es una confesión del misterio presente en el evangelio. La revelación con la cual Dios alentó la esperanza del hombre desde su caída. Una explicación de aquella primera promesa que le hiciera en Génesis 3:15 que, como veremos, sienta las bases para el desarrollo profético de la historia de la redención. Es esta promesa la que le da significado a la historia, y a todo acto divina. “Los Muchos en Uno” explica cómo Dios colocó a la humanidad bajo la representación de dos hombres que cambiaron con sus vidas el curso del mundo. En la representación encontramos la historia humana recapitulada a través de tipos, personas e instituciones que sirven como fundamento para la revelación de Jesucristo. Esta verdad es de fundamental importancia para la exégesis cristiana; ella no es una doctrina más entre tantas verdades, sino el mar donde desembocan los ríos de revelación. Los tiempos del cumplimiento proclaman “He aquí el Hombre”, el Hombre que trajo consigo una nueva historia, un nuevo comienzo; Aquél que rescató la vida del primer Adán de los poderes de la no existencia que le amenazaban. El Hombre que personifica la perfecta humanidad, la humanidad que retorna a Dios en obediencia, para cumplir el propósito de su existencia.
Hablar de la representación es hablar del Mediador, un Cristo con dos naturalezas: divina-humana, desde donde acontece un diálogo y una comunión superior a la que una vez el hombre gozó. La representación es de importancia para el conocimiento de Dios y de lo que somos. El Salmista pregunta: “¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?”, a través de los tiempos se ha buscando significado a la existencia sin encontrar respuesta, hasta que Dios la dio al levantar a Jesús de entre los muertos. Quien desee conocer qué es el hombre y cuál será su futuro necesita conocer a Jesús.
La representación hace posible el encontrar respuesta al porqué de su obra en los días de su carne y la razón por la que cuelga de la cruz abandonado. Sin esta doctrina el hombre se pregunta: ¿qué valor tiene la existencia de Jesús? Y todavía más: ¿qué futuro nos espera? La única respuesta que obtiene es que es tan sólo un modelo de lo que Dios demanda que seamos. Con esta mentalidad emprende un camino de auto engaño y desilusión, en una lucha por ser algo que no es y que nunca será. Contrario a esto, la representación se levanta como monumento de la gracia divina, mostrándote como encontrar respuestas a tus necesidades en la persona de este Hombre, Jesús de Nazaret, que vivió, murió y resucitó en representación de todos nosotros.
Toda la historia apunta y se mueve hacia un final. La (moderna) especulación cristiana pregunta: ¿cómo será el fin?, buscando la respuesta en el periódico y en los acontecimientos históricos del presente y no de la fe cristiana en el reino de Dios que Cristo introdujo. Sin embargo, la doctrina apostólica del fin es una exposición de la persona del Representante, él es el alfa y omega, porque en él se reveló y explicó tanto el principio como el fin. El futuro de la humanidad es el futuro de Jesús; no un misterio, una esperanza llena de sorpresas, más bien como lo que él ha estado experimentado en su presente afecta y define nuestra experiencia futura. Su final y el nuestro no son dos momentos diferentes en la historia, es la ocasión cuando la iglesia experimentará en su propia carne el ser exaltado “juntamente con Cristo” que ahora percibe y reconoce por la fe. De la fe pasará a la experiencia; de ver y contemplar como por un espejo, al ver cara a cara.
La representación es dolorosa, ofensiva y humillante, contraria al corazón humano porque en ella reconoces la obra de Otro como el fundamento de toda bendición divina; una obra ajena, “una justicia ajena”—tomando prestado de Lutero—es lo que encuentras en esta verdad. La teología moderna reconoce el papel representativo de la obra de Cristo, su solidaridad con la humanidad. Con todo, no está dispuesta a aceptar la sustitución vicaria: que real y legalmente haya tomado nuestro lugar. Un autor decía que la Representación:
“Es para nuestro beneficio, pero no en nuestro lugar, un verdadero representante es uno que reconoce nuestra necesidad e interviene a favor nuestro mientras estamos temporalmente enfermos, ausentes o incapacitados; no para tomar nuestro lugar, para remplazarnos, sino para guardar nuestro lugar hasta que podamos tomarlo nuevamente, para darnos precisamente tiempo, y de ahí un futuro. El ser humano es así irremplazable, pero representable, y como tal puede ser ayudado sin ser denigrado…la representación de Jesús a nuestro favor delante de Dios, y de Dios en el mundo, debe ser provisional; implica identificación con nosotros y con el mundo, y reconocer su dependencia, e incluso la dependencia de Dios de los humanos. La representación de Jesús es provisional mientras nos gana tiempo, pero la expiación no se termina hasta que tomemos responsabilidad por nosotros mismos”.
Esta no es la doctrina bíblica de la representación, antes bien, un esfuerzo más por pretender lo imposible. El autor sostiene que si hablamos de representación lo haremos como una obra provisional, mientras se sana el hombre para que tome su lugar y pueda llevar a cabo su propia expiación; “un comprar de tiempo” como en la parábola de Jesús: “ten paciencia conmigo y yo te lo pagaré todo”.[1] Mucho más de 5,000 años de historia no han podido producir ni siquiera uno que pueda pagar la deuda; aún así, los seres humanos viven con la ilusoria esperanza de poder hacerlo. Dios le ha dicho que el costo es muy alto y no se logrará jamás[2]; de todas formas insiste en poner sobre sus hombros la colosal tarea que tarde o temprano lo destruirá.
Es cierto que en algunos contextos de nuestras relaciones humanas existen obvias diferencias entre sustitución y representación; no obstante, por lo general una definición cruza el campo de la otra. Aun en la definición que el diccionario aporta, podemos ver que en ocasiones tales diferencias son artificiales. El diccionario Oxford define sustitución como “poner a una persona o cosa en lugar de otra”. Representación como: “tomar el lugar de persona o cosa con el derecho y la autoridad de actuar a la cuenta y favor de ella, la sustitución de una cosa o persona por otra”. Y vicario la define como: “tomar o suplir el lugar de otra cosa o persona; sustituyéndola en lugar de la persona o cosa”. A lo que atañe a la persona y obra de Cristo las diferencias que puedan existir no le aplican. Él es nuestro Sustituto cuando nos representa, y al representarnos, nos sustituye.
Durante la Guerra Civil Americana había una práctica que permitía que un hombre, voluntariamente, sustituyera a otro que el servicio militar había enlistado. De modo que el enlistado no tendría que combatir jamás, ni servir por un solo momento por cuanto su sustituto lo habría de hacer en su lugar.
En una ocasión arrestaron una joven por poseer un arma sin registrar. Su novio convenció al juez que le permitiera cumplir por ella la sentencia de tres días en la cárcel; el juez no la perdonó por la violación de la ley, pero no tuvo que cumplir del castigo ni un minuto, por cuanto su sustituto pagó el precio, sufriendo en su lugar la pena que a ella correspondía.
En la Segunda Guerra Mundial un monje católico, en un campo de concentración Nazi, pidió que lo ejecutaran en lugar de otro. Estos son algunos ejemplos de la representación y sustitución que la historia proporciona que cambiaron la vida de algunas personas. No obstante, el más grande de los ejemplos lo es Jesucristo. Pablo decía que quizás alguno tuviera la valentía de morir por el bueno, pero Dios muestra su amor por nosotros en que siendo aún pecadores Cristo murió por nosotros.[3]
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[1] Mateo 18:26.
[2] Salmos 49:8.
[3] Romanos 5:8.