La Simiente y la Historia de Dios

La revelación en la historia de la redención

La Historia de la Simiente como Historia de Dios

La revelación bíblica presenta la vida de Cain y Set como modelo de dos historias que cursan paralelamente. La primera presenta la historia del mundo, la historia del hombre conquistado por el pecado, reinando la muerte y la destrucción. Como si el enemigo se hubiese apoderado de la creación y todo lazo con su Creador estuviese roto definitivamente; como si a Dios le resultara extraña su creación y la tuviera por enemiga.38 Junto a ésta, encontramos la historia de Dios desdoblándose hacia el futuro en la renovación de todas las cosas, proclamando su triunfo y el establecimiento de su reino. La restauración es la meta hacia donde todos los caminos de la gracia divina conducen y donde esperan su realización final.

El hombre y el mundo gimen ansiosamente aguardando la redención.39 La visión del fin lo prepara para enfrentar la vida presente y hace de la Palabra divina el apoyo de su esperanza. Aquel que no medita en el fin no puede entender lo que acontece en el mundo; sólo cuando lo hace es que puede despertar de su locura.40

La misma Palabra que inició y consumó el reposo de la creación es la misma que descendió a consumar su acto de recreación. El pecado despojó a la criatura del reposo y la Palabra la conducirá de regreso a él. Al final de la historia, Dios reposará de sus obras y el hombre de las suyas.

Cristo, en defensa de sus obras sabáticas, sostuvo que desde la caída el Padre continúa trabajando, y él, como espejo del Padre, lo hace de igual manera.41 Dios no puede reposar hasta que restaure nuevamente al hombre. La historia de la redención es el recuento de lo que el Señor hizo en el pasado, lo que está haciendo en el presente y lo que hará en el futuro en su eterno plan de conducir su creación al reposo. Cuando hablamos de la historia estamos hablando de sus actos; de cómo se da a conocer valiéndose de lo que acontece en el mundo. En especial con lo que le sucedió a Israel, y finalmente, en lo que ocurrió en Jesús de Nazaret, la más grande de sus revelaciones históricas.

La historia que registra la Biblia se convierte en la revelación entre tanto lo tiene a él como sujeto, es decir, si la historia es la historia de Dios; pero de nada serviría esta historia si a su vez no es la historia del hombre. Cuando cuentas la historia del hombre desde la perspectiva de la salvación no puedes olvidar que detrás de esa historia se encuentra Dios actuando. Por medios de sus actos se encarna en nuestra historia, en nuestro mundo, de modo que participa de nuestras experiencias. El Nuevo Testamento con su doctrina de la encarnación del Verbo hace evidente esta verdad como nunca antes.

Por medio de la promesa la Palabra se comprometió a tomar nuestra historia de fracaso y convertirla en una de triunfo. En esa promesa encontramos la actividad de Dios en nuestro mundo, pero no aparte del hombre, sino junto con él; lo utiliza como vehículo para mostrar su gloria y grandeza.

Si Cristo no era el contenido consciente de la fe de los hombres del pasado, entonces vivieron su vida en el mundo sin esperanza ni futuro alguno. Porque muchos piensan de esta manera enseñan que los creyentes del pasado nada conocieron de la resurrección de los muertos, pretendiendo que la vida presente era todo cuanto debían esperar. ¡Que triste será una vida como ésta! Sufrir una angustiante existencia y mirar a la distancia sin ver esperanza alguna de triunfo.

Gracias a Dios porque el testimonio bíblico es otro. El creyente, armado de la promesa hecha a nuestros primeros padres, estudia lo sucedido en el mundo y ve la soberana voluntad de Dios revelándose, conduciendo a su creación a un destino glorioso. Algunos sostienen que las acciones divinas son simples promesas de un futuro que aún está por acontecer. Que los creyentes en la revelación no pueden decir positivamente cuál es el significado de la historia, cuál es el futuro que le espera al mundo o qué pretende hacer para su salvación.

Una promesa que no anticipa el futuro es únicamente una buena aspiración, como si Dios dijera: “les tengo una sorpresa”. Pero, ¿qué sorpresa puede esperar el hombre que se unió a la rebelión contra Dios? Lo que hace a la promesa el ancla donde todo creyente se afinca es el hecho de saber que en ella la Palabra de Dios se hace presente, la misma que trajo a la existencia la creación y la misma que la sostiene. Él puede mirar hacia el pasado, al momento de la creación con el sello de aprobación de–”bueno en gran manera”–y con esta visión mirar al futuro. Para el cristiano la vida, muerte y resurrección de Cristo le quitó al futuro su incertidumbre. No se le dio un regalo envuelto, para que con ansias locas procure saber su contenido; al contrario, se le dio desenvuelto, para que lo disfrute desde ahora. Ya Dios anticipó la meta final de la historia, Cristo es el fin y el inicio de nuestro futuro, reveló de antemano lo que todavía no ha ocurrido (el “aún no”), por lo que el creyente no mira al futuro con inseguridad, el obrar de Cristo terminó con el misterio del futuro y le dio significado a todo cuanto sucede en el mundo. Decir que no podemos conocer lo que ha estado aconteciendo es afirmar que Dios no se reveló.

Sólo al final de la historia se descubre su significado; lo que Tillich desde su perspectiva llama el centro de la historia, lo apóstoles lo llamaron el fin o la consumación de los siglos, sin separarlo en ningún momento de la promesa; el fin develó todo lo que ella encerraba.

Todo cuanto la iglesia confiesa tiene su fundamento en la actividad de Dios en la historia, en sus maravillosos actos de redención; no depende de lo que siente el creyente, lo que experimenta en determinado momento o de la fragilidad de sus emociones. La fe investiga, escudriña estos actos que son el contenido de la revelación según ocurrieron en la historia de Israel, y luego en su cumplimiento final en Cristo42, y a partir de ellos encuentra la fuerza para sostenerse en su éxodo hacia la Canaán celestial.

Al explicar los apóstoles lo que ocurrió en Cristo no apelaron a “yo siento” o “yo tengo una bonita experiencia”, ellos expusieron lo que “vieron, oyeron y tocaron” sus manos tocante a la vida eterna que se manifestó.43 La doctrina de la revelación, por consiguiente, se comprenderá a partir del futuro, dentro del horizonte de la promesa,44 sin que esto signifique una ruptura con las acciones de Dios en el pasado. Antes bien, es el hecho de que Cristo ya está presente en la promesa, lo que sirve de fundamento para el cumplimiento de lo prometido. Para el hombre del Antiguo Testamento, el evangelio fue la proclamación anticipada de lo que Jesús habría de cumplir; para nosotros, es la afirmación de que Dios inauguró su propósito en Jesús, que los tiempos del fin llegaron y que nos movemos a la consumación de lo consumado.

El mismo Dios que promete es el mismo que cumple. Al investigar las consecuencias de lo que sucedió en Jesús y el significado de la historia del hombre, no podemos ignorar esta historia de salvación que al fin de los tiempos viene a nosotros proclamándonos el cumplimiento. Si como afirma Jesús todo el Antiguo Testamento habla de él, entonces, él es el significado de la historia, lo que se había prometido en la Simiente y, como resultado, define lo que es Dios mismo; ya que en la promesa encontramos una donación de Dios al hombre. Jehová envió la Palabra a redimir al hombre que creó, y es como Simiente que esa Palabra se hace uno con nosotros, no sólo uno en nuestra pobrísima y humillante existencia, también uno en nuestra futura exaltación.

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38 Walter Eichrodt, Teología el Nuevo Testamento, tomo 2, pág. 114.

39 Romanos 8:19-21.

40 Salmo 73:17.

41 Juan 5:17 “Pero El les respondió: Hasta ahora mi Padre trabaja, y yo también trabajo” (LBLA). “Jesús les dijo: Mi Padre no deja de trabajar, y yo sigo su ejemplo” (CST).

42 Hebreos 1:1.

43 1 Juan 1.

44 Jurgen Moltmann

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