La revelación en la historia de la redención
La Revelación de Dios en el Mundo
“En el principio creó Dios…y dijo Dios…”. Así comienza la historia de la revelación estableciendo la palabra y el acto de Dios como la causa primera de todas las cosas. Él es la causa de todas las causas, el origen de todo orden creado y de toda ley natural. Siendo que es la causa de todo, deducimos que todo existe de acuerdo a un plan preestablecido, plan cuya finalidad es que las criaturas alaben y glorifiquen a su Creador. La criatura existe para adorar y no hay verdadera adoración cuando no se es libre. Dios es amante de la libertad y el pueblo que lo adora necesita serlo. En la historia del Éxodo ordena a Faraón que deje en libertad a su pueblo para que le celebre fiesta.1 En la esclavitud el hombre vive abandonado y no puede hacer otra cosa que llorar su desgracia. El Salmista describe su condición al decir: “sobre los sauces en medio de ella colgamos nuestras arpas”. Habían suspendido la adoración, ¿cómo adorarían cuando no estaban presenciado el poder liberador de Jehová?, “¿Cómo cantaremos–decían–cántico de Jehová en tierra de extraños?2
La creación es un acto de liberación como lo es la redención, la libertad es el fundamento de la adoración, la fuerza que inspira la alabanza. Porque, ¿de qué sirve la alabanza programada en los labios de sus criaturas; acaso no les dio la facultad de razonar y juzgar por sí mismas el valor de las bondades que les otorgaba? Si a nosotros, seres mortales, nos enfada el que alguien responda a nuestros afectos de manera hipócrita y forzada, ¿cuánto más lo será para Dios cuya esencia es el Amor?
Libertad para adorar es libertad para ser lo que eres, una criatura que vive y depende de la adoración. El que la criatura sea libre para responder a su Creador no está en oposición a la soberanía divina, antes bien, es un acto soberano el hacerla libre. La adoración es la libre decisión de la criatura de reconocer a Dios como su Soberano y Benefactor. Génesis muestra que no es concebible la vida de la criatura en total autonomía de su propia naturaleza, sino que el centro de gravedad de su existencia es la voluntad del Creador quien está frente a la criatura como un “Tú” y la considera digna de diálogo.3
De Graaf recuerda la importancia del pacto para definir la existencia como diálogo, o sea, no como meros receptores insensibles, sino como personas concientes de lo que el Creador hizo y capaces de responder. Nos dice: “nunca debemos perder de vista el gran significado del pacto. Sin pacto no hay religión, no hay comunión entre el hombre y Dios, y no hay intercambio de amor y fidelidad. Sin el pacto el hombre sería meramente un instrumento en la mano de Dios. Cuando Dios creó al hombre, su propósito era hacer algo más que un instrumento: hizo una criatura capaz de responderle”.4 La libertad de la criatura descansa en la soberanía de Dios que la hizo a su imagen, permitiendo que ésta exista en constante diálogo con él, aceptando o rechazando las condiciones establecidas para su existencia. Esto no hace al hombre más de lo que es, y no le resta a Dios nada, todo es producto de la voluntad divina o, como dice Calvino: “todo lo que tenemos es en préstamo para que siempre dependamos de Dios”.
El evangelio proclama tu regreso a la condición de criatura; Dios se hace criatura para que seas restaurado a tu posición original y, de esta manera, recuperar tu derecho a la vida. El evangelio no te deifica5, más bien te humaniza; te permite estar conciente de que sólo en dependencia del Dios de la gracia podrás ser rescatado de la muerte que te amenaza con ponerle fin a tu existencia. Mientras más resistas tu posición de criatura, más lejos de Dios te encontrarás y más cerca de la “nada’, del polvo de donde te arrebató. Por otro lado, mientras más humano, más cerca de él estarás. La exaltación de Cristo a la diestra del Padre es el testimonio de lo que se llega a ser cuando se reconoce y acepta la condición de criatura.
El hecho de que el Señor creó al hombre con la facultad de razonar testifica que fue siempre su intención el darse a conocer. Si hubiese deseado permanecer oculto, hubiese creado criaturas brutas. Él se complace en revelarse, está consciente de que no puede existir para sus criaturas a menos que condescienda a su nivel y se descubra a ellas. Todo cuanto de él conocen, su eterno poder y deidad desde la fundación del mundo, se lo manifestó por medio de las cosas hechas; este conocimiento no es una deducción de la razón humana, sino un acto muy personal con el cual confrontó al hombre en su existencia.6 En lo que a Dios concierne absolutamente nada llega al conocimiento humano si él no toma la iniciativa.
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1 Éxodo 5:1—Después Moisés y Aarón entraron a la presencia de Faraón y le dijeron: Jehová el Dios de Israel dice así: Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto.
2 Salmos 137.
3 Walter Eichrodt, Teología el Nuevo Testamento, tomo 2, pág. 108.
4 S.G. De Graaf, El Pueblo de la Promesa, Vol. 1, pág. 35.
5 Algunos creen que Cristo se hizo hombre para que llegaramos a ser como Dios. Se habla de la deificación de la humanidad como la meta final de la redención. Opuesto a esto vemos que la meta final es llegar a ser verdaderamente humanos, ya que sólo siendo criaturas tenemos derecho a la existencia.
6 Romanos 1.