Del libro: Jehová Nuestra Santificación
Millard Erickson define la santificación como: «el proceso por el cual ponemos nuestra condición moral en conformidad con nuestro estado legal ante Dios» En otras palabras —según esta definición— la santificación es alcanzar la misma perfección con la cual Cristo nos representa. ¿Será posible en la santificación alcanzar el estado de perfección que Cristo posee en su naturaleza humana? Para James Henley:
«La santidad es un beneficio que recibimos, y no un precio que pagamos; es nuestra aceptabilidad para el cielo, no nuestro título [de propiedad] de él. La «justificación del Evangelio», dice el Rev. Robert Bragge, «es un cambio de estado y condición a los ojos de la ley y del legislador, en tanto que la santificación del Evangelio es una bendita conformidad de corazón y vida a la ley o voluntad del legislador. El primero es un cambio relativo de culpable a justo; el otro es un cambio real, de sucio a santo. Por el primero nos acercamos a Dios, por el segundo Dios nos hace como Él. Una vez nos justifica, de extraños nos convierte en hijos; cuando nos santifica, elimina la enemistad del corazón, y convierte al pecador no sólo en un súbdito leal y fiel, sino en un hijo amante y consciente de sus deberes» (énfasis nuestro).
Es importante entender claramente lo que este autor afirma. Pretende que la santificación «nos hace como Dios.» ¿Es esto lo que la Biblia enseña y de lo cual nuestra experiencia da testimonio? Sugiere, como muchos otros, que la santificación es superior porque es un cambio real mientras que la justificación es un cambio relativo.
Incluso entre aquellos que respetamos y reconocemos como grandes exponentes de la doctrina de la gracia, se encuentran algunos que cometen el error de ignorar el significado que ofrecen las Escrituras sobre la santificación. Llaman santificación posicional al énfasis que observan en aquellos pasajes en donde se atribuye la santificación a la obra de Cristo, y así hacer una diferencia de la santificación que tradicionalmente se le adjudica al Espíritu, y acontece en nuestra experiencia. Al llamarla santificación posicional pretenden expresar el significado real del término de acuerdo a las Escrituras. Sin embargo la realidad es que la Santificación objetiva pasa a un segundo plano para dejar paso a un énfasis experimental, que se conoce como santificación progresiva. Lo cual hace que se tenga en poco la verdadera naturaleza del pecado al pretender la erradicación progresiva de la corrupción del corazón. Y se llegue a pensar que lo que fue totalmente corrupto en una ocasión, ahora lo es en parte.
Un autor de la iglesia reformada en su página del Internet, Ministerio del Tercer Milenio al explicar la importancia del Espíritu Santo en el Antiguo y Nuevo Testamento sostiene que la santificación es progresiva, que la vida del creyente será cada vez «más justa y menos pecaminosa», asegurando que «si el creyente es obediente a Dios, su santificación lo hará progresivamente menos pecaminoso» ( www.thirdmill.org/answers/answer.asp/file/99776.qna/
category/th/page/ questions/site/iiim).
La confesión de Westminster, en el artículo XIII, desgraciadamente apoya este mismo error:
«A los que (Dios) llamó y regeneró efectivamente, al tener un nuevo corazón, y un nuevo espíritu creados en ellos, luego se les santifica, real y personalmente, por virtud de la muerte y resurrección de Cristo, por su palabra y Espíritu morando en ellos: se destruye el dominio de todo el cuerpo de pecado, y, como resultado, se debilitan y mortifican las pasiones cada vez más; y se les despierta y fortalece más y más en todas las gracias salvadoras, a la práctica de la verdadera santidad, sin la cual nadie verá al Señor.
Esta santificación comprende todo el hombre; no obstante imperfecta en esta vida, aún permanece algunos remanentes de corrupción en cada parte del ser; que levanta una continua e irreconciliable batalla, la carne lucha contra el Espíritu y el Espíritu contra la carne.
En esta guerra, aun cuando la corrupción restante, por algún tiempo prevalece; no obstante, a través de la continua fuerza suplida por el Espíritu santificante de Cristo, la parte regenerada del creyente vence, y así, el santo crece en gracia, perfeccionado la santidad en el temor a Dios» (cursiva es nuestra).
La confesión es un tanto subjetiva e ignora la santificación que tenemos en Cristo. Hace de la santificación una renovación de la naturaleza pecaminosa al afirmar que se destruye el dominio de todo el cuerpo de pecado, y se debilitan y mortifican las pasiones más y más. El artículo II reconoce que en esta vida continúa el pecado en el creyente; sin embargo, pretende que lo que queda es un residuo de aquella corrupción que en una ocasión invadió cada parte de su ser.
Estoy de acuerdo que en nosotros permanece la corrupción, pero no entiendo que la Biblia sostenga que dicha corrupción sea un residuo. Es difícil concebir ese concepto de pecado que pretende computarlo por cantidad o en por cientos. El pecado en la Biblia es un defecto, un estado de imperfección medido, no por la capacidad para hacer lo que es bueno, pero si por la perfección con que lo hacemos.
El pecado, entendido como corrupción, es simple y llanamente falta de pureza y perfección moral. Lo único que se puede hacer con él es destruirlo. Karl Barth, con una metáfora médica, acertadamente concluyó que no se restituirá el orden en la creación poniendo a un lado el pecado, o dándole una medicina al paciente (esto es al pecador), ni sometiéndole a una operación, sino matándolo. Es tan seria nuestra condición que requirió la intervención en persona del propio Dios quien de acuerdo a la revelación, destruyó la antigua creación y creó una nueva. Esto sucedió en el drama del Hombre del Calvario.
Bob Burridge, en su análisis de la confesión de Westminster, explica:
«La persona que justifican mediante la aplicación de la obra de Jesucristo la declaran santa judicialmente, pero no la hacen, en ese mismo momento, totalmente justa en pensamiento, palabra y hechos. Ella continúa luchando contra el remanente del pecado en su alma. Pero, en la lucha hay un progreso en la santidad. El creyente crece más y más en conformidad con la imagen de Cristo. El pecado se debilita en su vida y la vida espiritual crece, como evidencian los frutos del Espíritu» (énfasis nuestro).
Al igual que la confesión de Westminster, Burridge defiende la idea de que en la santificación el pecado que permanece en el creyente es un residuo que se va desvaneciendo; desarrollándose en su lugar la perfección de carácter que él llama, la imagen de Cristo. Nadie puede negar que el creyente progresa en su vida espiritual o que mejora su carácter y conducta. Es imposible que la semilla de la fe que cayó en el buen terreno, y la está regando la lluvia de la gracia, no germine a su tiempo. Lo que argumento es que no debemos llamar santificación a tal progreso, y que lo definamos en términos de mejoras o reforma de la pecaminosidad humana. La iglesia se enfoca tanto en la experiencia del crecimiento que pierde el elemento declarativo de la santificación. Dicho de manera sencilla, enfatiza tanto en como llegar a ser santo que se olvidó que, por su posición en Cristo, ya lo es.
En el Boletín del Seminario Bautista de Detroit, del Otoño, 2001, páginas 42,43, intentan explicar —según ellos—más claramente lo que es la santificación. Informan que la santificación es:
«Aquella graciosa operación del Espíritu Santo, que incluye nuestra responsable participación mediante la cual él nos libra de la corrupción del pecado, renueva nuestra entera naturaleza de acuerdo a la imagen de Dios, y nos capacita a vivir vidas agradables a él. La justificación remueve la culpa del pecado, y declara justo al creyente. Pero la santificación tiene que ver con la contaminación del pecado, «la corrupción de nuestra naturaleza que resulta del pecado, la que a su vez produce aún más pecado.» Por lo tanto santificación progresiva es el proceso mediante el cual se va removiendo esta contaminación del pecado; aunque no lo será totalmente (completamente erradicada) en esta vida» (énfasis nuestro).
William W. Combs, autor del artículo citado, como tantos otros que sostienen esta idea, habla de vivir vidas agradables a Dios. Como si dependiera de la eliminación de la corrupción del pecado y no de la justicia de Cristo. Es claro, por su tradición bautista, que él entiende que el creyente necesita de la obediencia de Jesús para su justificación debido a su incapacidad y corrupción, no obstante lo contradice con lo que expresa en su escrito. La santificación nunca podrá hacer que vivas la vida que agrada a Dios, si la justicia de Cristo no sustituye tu obediencia nunca serías aceptable. Tu vida después de la justificación necesita tanto de la justicia del Señor como la necesitó antes de ella.
Robert Wilkin está en lo cierto al señalar que la posible razón para el descuido de la santificación como una obra del pasado, ya terminada, es el deseo comprensible de enfocarse en la trasformación externa. Los pastores, y a menudo también los teólogos, tienden a interesarse más en cambios de conducta que en cambios de posición, de un estado de condenación a uno de absolución. Cambios que no ocurren en el plano de la experiencia, sino en el terreno legal, ante la apreciación de la ley (Robert N. Wilkin, We Believe In: Sanctification, Part 2: Past Sanctification).
A. W. Pink, ve el mismo problema. En su comentario sobre la confesión de Westminster se queja de que:
«En lugar de colocar ante el creyente aquella completa y perfecta santificación que Dios hizo que Cristo sea para él, le instan a preocuparse más por la obra incompleta y progresiva del Espíritu. En lugar de motivar al cristiano a retirar su mirada de sí mismo con todos sus pecaminosos fracasos, y colocarla en Cristo donde él está «completo» (Col 2:10), lo alientan a mirar adentro de sí, donde a menudo buscará en vano por el oro fino de la nueva creación entre toda la escoria y el fango de la vieja creación. Esto es dejarlo sin la gozosa certeza de saber que él «ha sido perfeccionado para siempre» por la ofrenda de Cristo (Hebreos 10:14); y si le arrebatan esto, entonces le asaltarán constantemente dudas y temores, e ira perdiendo en cada esfuerzo la completa certeza de la fe… Al joven creyente permítanle tener por cierto que «morirá cada vez más al pecado y crecerá en la nueva vida,» y ¿cuál será el resultado inevitable? … si la definición del Catecismo es correcta, entonces, tristemente he estado equivocado, y nunca fui santificado en verdad».
Continua diciendo:
«Esta descripción de la santificación que hacen los Bautistas deja mucho de desear, por cuanto no presenta una declaración clara y directa de la santidad intachable que cada creyente tiene en Cristo, y de esa inmaculada e impecable pureza que está sobre él mediante la imputación que Dios otorga de la purificación eficaz del sacrificio de su Hijo. Una omisión tan seria es demasiado vital para que la ignoremos. En segundo lugar, las palabras que colocamos en cursiva no sólo perpetúan el fraseo defectuoso del Catecismo de Westminster, también transmiten una idea engañosa de la condición presente del cristiano. Hablar de «algunos residuos de la corrupción» que todavía quedan en el creyente, implica necesariamente que se eliminó gran parte de su corrupción original, y que sólo queda ahora una porción de la misma. Pero algo totalmente diferente es lo que cada cristiano verdadero descubre en su diario sufrimiento y humillación» (Arthur W. Pink, The Doctrine of Sanctification, páginas 114-115, 116).
Leon Morris llama la atención al hecho de que la palabra santo «nunca se usa (en el Nuevo Testamento) para referirse a ningún creyente como individuo. Siempre está en plural cuando se emplea para creyentes, y el plural apunta a los creyentes como grupo, una comunidad separada para Dios. Nuevamente, el término no comunica la idea de altos logros de desarrollo ético que usualmente entendemos por «santidad». Aún cuando se insista en la importancia de vivir rectamente y hasta pueda sugerirse en este término, con todo, la idea central no se encuentra en él, comunica más bien el pensamiento de pertenecer a Dios» (Epístola a los Romanos, pág 53).
Henry Drummond, en su libro Ideal Life, se ve obligado a reconocer que la santificación —por lo menos en el Antiguo Testamento— no indica necesariamente algún cambio interior. A pesar de que piensa que en el Nuevo Testamento tiene un significado más profundo. Que comunica la idea de una purificación interna del corazón de todas sus impurezas. Mi pregunta es: ¿cómo los apóstoles con una mentalidad hebrea, dominada por las Escrituras del Antiguo Testamento dieron a la palabra un significado que ella originalmente no poseía? ¿Cómo les sería posible comunicarse con los judíos cuando el nuevo significado que le atribuyen no lo definieron?
Murray, del mismo modo, reconoce los errores cometidos en la definición de la santificación cuando dice: «Nos vemos obligados a considerar el hecho de que el lenguaje de la santificación se usa en referencia a un acto decisivo que ocurrió al inicio de la vida Cristiana, y que caracteriza al pueblo de Dios en su identidad como los llamados eficazmente por la gracia de Dios. Sería por lo tanto, una desviación del patrón e ideas del lenguaje bíblico el pensar en la santificación exclusivamente en términos de una obra progresiva» (John Murray, Collected Writings of John Murray, Volume 2, pp. 278-280). Aunque se ve forzado a reconocer que existe una santificación que acontece en Cristo que no tiene que ver con nuestra experiencia, insiste en que ella contiene un elemento subjetivo.